de Luigi Cherubini

 

Una de las óperas más difundidas del maestro Cherubini, basada en la tragedia homónima de Eurípides, sobre un libreto de François-Benoît Hoffmann y Nicolas Étienne Framéry.

 

Acomodado en Francia, el florentino Luigi Cherubini (1760-1842), hoy flagrantemente desterrado del repertorio operístico, fue una de las fuerzas vivas de la música de su tiempo: admirado por los más grandes genios del siglo -por Beethoven, que lo consideraba “el mejor compositor vivo”, por Schumann, por Berlioz-, entregó al mundo un puñado de obras de indudable entidad: operista antes que nada, escribió asimismo música religiosa (una decena larga de misas, un réquiem escrito para su propio funeral y otro, más conocido, en memoria de Luis XVI), música orquestal, de cámara, e incluso páginas de corte revolucionario (¡él, un gran reaccionario!). Pero su trabajo más significativo lo realizó como compositor de óperas, de las que llegó a escribir más de treinta entregas; de estas óperas la más evocada, y con razón, es Medea.

Estrenada en el parisino Théâtre Feydeau el 13 de marzo de 1797, Medea fue un fracaso relativo, y a poco estuvo de serlo estrepitoso; sería el público germano el que valoraría sus peculiares encantos, conociendo reposiciones en los años posteriores.

El libreto, no por inmundo y fosilizado menos apetecible para esas aves de carroña que fueron los libretistas franceses de la época, hace acopio de mal gusto a fuerza de debilitar la trama: la tragedia de Eurípides, telúrica y simbólica, deviene drama doméstico-decimonónico burgués, de una asepsia “de buen tono” meramente comercial; kitsch seudo-mitológico, puede decirse. Por fortuna, la inventiva musical de Cherubini supera su funcionalismo, y el pasaje más conocido, la obertura, adquiere cierta fuerza dramática: ciertamente alejado del Mozart de La Clemenza di Tito, Cherubini es un músico diestro, y sabe, sobre tan endebles materiales, construir un espectáculo completo.

Los personajes principales son Medea (soprano), Jasón (tenor), Creonte (bajo), Neris (mezzosoprano) y Glauce (soprano).

El desarrollo dramático de la acción no carece de fuerza (nos ahorraremos el cometido de resumir el argumento, de sobra conocido), y la pretendida ferocidad de la acción, tan sangrienta, se desdibuja en medio de ninguna parte: desde los monólogos, algo inoperantes a fuerza de academicistas, hasta los pretendidos clímax de esta carnicería, un poco desvaídos, todo lo que debería haber sido hondamente “clásico”, noble como el orden dórico, no termina de definirse como merecería, sin que por ello naufrague en un producto burgués de orfebrería deslucida, trasnochada, como tantas otras óperas coetáneas.

No erraremos si juzgamos la Medea de Cherubini como una de las más afortunadas óperas de su artífice, lastrada sin duda por culpa de un libreto mediocre y unos recursos técnicos demasiado plegados a las convenciones de la época.

En cualquier caso, es una ópera indispensable del repertorio, y merece ser recordada ante todo y sobre todo por las versiones que de la misma grabó la legendaria María Callas, tan adicta a los efectos tremebundos, y que aquí brilló como en ninguna otra.

 

José Antonio Bielsa Arbiol

 

 

 

José Antonio Bielsa