Cada vez hay más personas que nos preguntamos si los Derechos Humanos, tal como hoy creemos conocerlos, nacen tras la Revolución Francesa, tal como nos han insistido en ese magma cognitivo creado por la propaganda y el adoctrinamiento; o, sin embargo, si ha sido mucho antes.
Evidentemente, la fuente de los derechos humanos, desde un plano objetivo, nace de la idea cristiana. Por mucho que quieran convencernos de otra cosa, decir lo contrario es desconocer los hitos más importantes de la evolución humana. Y el fundamental, sin duda, fue la llegada de Jesucristo y su mensaje de redención y amor. Pero en este mundo tan vacío de sentido espiritual eso parece una tautología. Y no lo es.
El descubrimiento y evangelización de América fue algo inédito. Fue otro hito fundamental de aquella globalización que conllevó un fenómeno de civilización y humanización sin precedentes. Y por eso atacaron el concepto y la idea mediante lo que hoy llamamos la “desinformación”, o más en concreto la Leyenda Negra, verdadero germen de la deconstrucción cognitiva.
Tras el legado testamentario de Isabel la Católica se produjo otro hito esencial en la evolución de la humanidad y en la teoría del derecho internacional. Veamos:
I.- FACTORES GENERADORES DE CIVILIZACIÓN

La historia de la hispanización de América es una fructífera acción donde convergen dos esferas, a veces difíciles de engarzar en una visión unívoca. Siete siglos de reconquista, palmo a palmo en el solar hispano ocupado por el Islam, produjo un efecto de forja de la idea fundante de la Hispanidad, nacida desde un enfoque eminentemente cristiano de respeto a la naturaleza humana y a sus leyes de origen divino.
Esa curtida visión antropogénica elaborada por la progresiva recuperación del espacio perdido visigótico por causa de aquel paradigma de Pompeyo Trogo en el siglo I antes de Cristo: “Los hispanos prefieren la guerra al descanso y si no tienen enemigo exterior lo buscan en casa”, generó la idea de la necesidad de la unidad. Unidad religiosa y unidad territorial y política.
Siempre que España ha sufrido los efectos de la división y el enfrentamiento han derivado hacia la debilidad; que siempre en la historia ha conllevado el beneficio de otro poder ocupante. Y ello, en aquel tiempo de finales del siglo XV, indujo la necesidad de la recomposición, de la reunificación bajo la unidad cristiana.
Se produjo, como es en la historia un hecho cíclico, el natural impulso hacia causas nobles, ahormado por la conturbación de unos linajes, afectados en su epigenética mental; muy conscientes del mal generado por la división y el enfrentamiento entre hermanos de origen; que aparece y desaparece tras fracasos y recomposiciones sucesivas.
Lamentablemente, el ser humano aprende más de las experiencias negativas que de la transmisión del conocimiento y de la cultura fraguada por el paso del tiempo y su transmisión.
Ese fenómeno dejó la impronta de la argamasa cognitiva, de la visión humanista, católica, ecuménica, regeneradora del sentido de la vida en una misión para la reconstrucción de las sociedades desde la universalidad del amor cristiano y el mestizaje, para lograr una visión eucarística.

Aquella gente del Imperio generador hispano, guiada por el legado de Isabel la Católica, puso por encima de las ambiciones humanas el enfoque humanizador y la evangelización, para conformar una cosmovisión volcada a los ideales de la conquista. Para el logro de un nuevo mundo con proceso creativo en un espacio nuevo, donde se conjuntaran dos trasuntos humanos, el precolombino y el transformado por aquellos hombres que llegaban del otro lado del Atlántico. Unos iban con espíritu aventurero a buscar fortuna; otros a salvar almas, pero ambos con temor de Dios, lealtad a la Corona y disciplina legalista. Sin duda había ambición humana en aquella conquista, ambición de riquezas, pero por encima de ello una empresa común y un marco de actuación ajustado a normas, exigencias de respeto a las directrices imperiales y cohesión de grupo. No fueron representativas de aquellos hombres las conductas que se desviaron de ese paradigma de unidad en la acción y sometimiento a la autoridad instaurada. Por ejemplo, los casos de Gonzalo Pizarro y el criminal Lope de Aguirre no se ajustan al prototipo del conquistador. Los comportamientos que se desplazaron de este prototipo fueron, a partir del siglo XVIII, de unos criollos desligados de la matriz común.
Aquellos principios del derecho de gentes que se iban entretejiendo y produciendo a lo largo de los primeros años de conquista tenían como base operativa conceptos a caballo entre lo teológico y lo temporal emanados por San Isidoro de Sevilla, por las Siete Partidas de Alfonso X, el Sabio, que inspiraron a su vez el testamento de Isabel, la Católica, en su Codicilo,

“[…]Por quanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las islas e tierra firme del mar Océano, descubiertas e por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro sexto de buena memoria, que nos fizo la dicha concession, de procurar inducir e traher los pueblos dellas e los convertir a nuestra Santa Fe católica, e enviar a las dichas islas e tierra firme del mar Océano perlados e religiosos e clérigos e otras personas doctas e temerosas de Dios, para instruir los vezinos e moradores dellas en la Fe católica, e les enseñar e doctrinar buenas costumbres e poner en ello la diligencia debida, según como más largamente en las Letras de la dicha concessión se contiene, por ende suplico al Rey, mi Señor, mui afectuosamente, e encargo e mando a la dicha Princesa mi hija e al dicho Príncipe su marido, que ansí lo hagan e cumplan, e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e non consientan e den lugar que los indios vezinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; mas mando que sea bien e justamente tratados. E si algún agravio han rescebido, lo remedien e provean, por manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las Letras Apostólicas de la dicha concessión nos es inyungido e mandado».
Este espíritu impregnó, desde el fallecimiento de la Reina Católica, el conjunto de actuaciones en el Nuevo Mundo desde inicio.
II.- ETAPAS DIFERENCIADAS DE LA CONQUISTA.
Se han de distinguir cinco momentos desde el descubrimiento, a los efectos de diferenciar los comportamientos de los conquistadores:

Un primer momento, caracterizado por el sometimiento a los indios respondiendo a sus ataques y asegurando el territorio. Se podría calificar este primer periodo temporal como el más difícil y agresivo, por la natural reacción de los indígenas al ver descender seres irreconocibles de unas naves de un tamaño desconocido, cuya apariencia causaba asombro. El descenso de ellas de gentes enfundadas en corazas, cascos, rodelas y demás armas metálicas, además de caballos que eran animales asombrosos para ellos, causaba una excitación que llevaba a reacciones compulsivas. Más en mentes tan primarias como aquellas. Es la fase más ruda.

Un segundo momento tras la llegada de las órdenes religiosas. Con una población en unos casos sometida y en otros aliada a los conquistadores para despojarse de la tiranía de quienes les tenían esclavizados, caso de los Aztecas y los Incas, cuyos comportamientos, como la antropofagia, una idolatría cruenta y formas de vida ajenas a los principios de la dignidad intrínseca a la naturaleza humana civilizada, debían ser reconducidos hacia conductas aceptables desde los referentes morales alógenos.
Se crearon las encomiendas, que eran asignaciones de indios a un encomendero, sin romper familias, y sometiéndolos a una disciplina de producción de alimentos que ellos mismos podían consumir, o de explotación de recursos mineros, como, por ejemplo los de las minas de Potosí, donde las condiciones de salubridad y de trabajo dejaban mucho que desear. Entre otros.
Agrupando las familias en poblados.

Un tercer momento de denuncias de abusos y de explotación, con las críticas correspondientes de frailes como Montesinos o Bartolomé de las Casas, que elevaban dichas denuncias a la Corte imperial. O las manifestaban en homilías o expresiones públicas.

El cuarto momento provocó la suspensión de las encomiendas con las leyes nuevas de 1543, pronto restauradas a petición de los propios dominicos, al producirse un vacío en la organización y en el sistema de desarrollo.
Y por último, a mediados del siglo XVI, las controversias de Valladolid, entre Casas y Ginés de Sepúlveda, sobre la legitimidad de la conquista. Y el pulso entre lo temporal y lo espiritual, con la intermediación entre ambos de la Escuela de Salamanca, y más en concreto de Francisco de Vitoria, haciendo compatible la organización propia de un nuevo orden civilizador, desarrollo económico y de producción de los bienes y servicios propios de la época con la visión salvífica de los misioneros. Es sobre este último momento lo que vamos a plantear en este artículo.
Ernesto Ladrón de Guevara